PRÓLOGO

Sentí un impacto seco, sobre todo sonoro. Creo que me aturdió más el ruido que el golpe. El chasquido se escuchó por encima de todo y de todos. De la música lejana de los bares, de las conversaciones indiferentes de la gente, y de las muecas y comentarios de los espectadores en aquel callejón.

Y después de ruido, silencio. Un silencio cómplice, casi solemne. Como las pausas que preceden a un aplauso. Me gustaría pensar que estaba provocado por la duda, que fue un momento de reflexión que el público se tomó antes de decidir si aprobaban ese acto o no. Pero no fue así. Solo la sorpresa me dio una tregua antes de que sus ojos humillantes me atravesasen.

¿Por qué? Esa es la pregunta que me surgió. No sentí miedo. No, porque no iba a darle el gusto de tenerlo. Solo sentí vergüenza, impotencia, sorpresa y confusión.

¿Por qué? Esa es la pregunta que ronda a toda víctima. Por qué a mí, por qué así, por qué él, por qué allí…. Es como si los porqués se quedasen esparcidos por el suelo, y tratases de recogerlos. Los he estado buscando. Intentando arrancarme la culpa… entenderle para dejar de odiarle.

Pero con el tiempo hay un por qué que ha pesado más que el resto. Porque había público. Porque ese callejón se convirtió en una grada inesperada que albergaba decenas de cómplices, de espectadores, de hinchas.

Y creo que lo entendí. El horror depende de la mirada. No solo del que lo genera. También del que lo consiente, lo distorsiona, lo aprueba.… 

La forma en qué miramos el horror, nos mira a nosotros.